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La Casa de la Familia Martínez Johnson o “Casa de las Martínez” como la conocíamos, fue durante muchos años el punto de reunión casual de mi familia. Todos sabíamos que allí había buena conversación y café caliente.
La casa tuvo que haber sido construida entre 1914 a 1925, era una hermosa construcción victoriana de madera, de finos acabados, tenía un amplio corredor frontal en donde había mecedoras y estaba rodeada de jardines y árboles que le daban un aura de solemnidad, pese a ser una construcción tan vieja.
Fue traída en barco desde Nueva Orleans y en la época en que se construyó resultó ser un atractivo para los alajuelenses, que ajenos a ese tipo de construcción, se paseaban al frente de ella para admirarla.
Durante muchos años vivió en ella la familia Martínez, encabezada por mi bisabuelo Juan José Martínez y su esposa Nelly Johnson.
“Míster Martínez” o “Papachín” ?como sería recordado por sus nietos? era de origen mexicano, nacido en San José, California. En Costa Rica trabajó como maquinista del tren al Atlántico durante muchísimos años. Alto y de rasgos apaches, era un hombre sereno, cariñoso y educado al que le gustó siempre vestir impecable, de traje y corbatín. Conoció a mi bisabuela en la construcción del Canal de Panamá, ya que el padre de doña Nelly estaba a cargo de una parte de la obra.
Ella, 23 años menor que él y nacida en Indiana, era la típica gringa, blanca, de cabello rubio y ojos azules y que nunca pudo hablar bien el español. Ignoro cómo se conocieron y por qué decidieron venirse a Costa Rica para siempre, pero de lo que estoy seguro es que se amaron con intensidad, al punto de que las últimas palabras de mi bisabuela en su lecho de muerte fueron para su fallecido esposo: “Papá, papá”.
 
Criaron 12 hijos: Johnny, William, Homer, Clifton, Alma, Elba, Emilio, Mamie, Zadie, Nelly, Warren y Benjamín. No pude conocer a todos, solo a siete de ellos y dejaron huella profunda en mí. Los visualizo con mis recuerdos de niño; recorrí los pasillos de su casa siendo un bebé y despedí al último de ellos cuando ya era un hombre.
La mañana en la escuela había transcurrido como de costumbre. Hacía calor y afuera el pasto estaba quemado por el sol, los pies aún los tenía calientes por haber jugado futbol en el recreo y me agobiaba saber que me aguardaban tres horas más de clases; así, sudado e indispuesto fue como me encontró mi papá cuando, rompiendo su costumbre, vino a recogerme antes de la hora de salida.
Una vez en el carro, explicó que íbamos para la casa de las Martínez. Necesitaba que filmara la casa. Teníamos una enorme cámara de VHS y mi padre, ajeno a la tecnología, necesitaba de mí para llevar a cabo la filmación.
Estaba feliz por el súbito cambio en mi suerte; no solo había salido antes de clase, sino que ahora tenía luz verde para utilizar la cámara de video que me era encomendada solo en ocasiones muy especiales.
Al llegar donde las Martínez ya nos aguardaba Elba en el frente, estaba sentada en su mecedora y al verme se levantó lento, mientras decía con voz tambaleante: “Mi macho, mi macho”. Su andar era muy pausado debido al Parkinson, estaba encorvada y se le dificultaba desplazarse, se veía marchita por los años, su piel muy arrugada y con petequias, las mejillas caían y su pelo blanco daba la impresión de las abuelitas de los cuentos. Pese a la vejez, su carisma y ternura estaban intactos. Era hábil jugadora de solitario. Como siempre, me abrazó sonriente y acarició mi pelo.
Las otras Martínez y el tío Homer estaban en donde se suponía que debían de estar: Alma en su gran habitación llena de muñecas viejísimas de su niñez, de caras de porcelana y cabellos humanos, que por cierto siempre me dieron terror, porque parecía que en cualquier momento cobrarían vida. Ella vivía siempre en su propio mundo, era como una niña viejita y muy pocas veces mantenía una conversación larga, ya que era sorda. Se preparaba para recibirnos vistiendo sus enormes joyas de colores excesivos, collares de pelototas y anillos monumentales ?vestigios de la época del Charleston?; era apasionada por las radionovelas y sus historias. Insistió hasta el último de sus días en maquillarse sola pese a hacerlo con torpeza, porque aparte de sorda fue testaruda como el carajo. Era elegante y formal, al punto de pedir instantes antes de morir que le prepararan su equipaje, porque ya estaba por partir.
En la mesita que había en la cocina aguardaba Mamie leyendo La Nación, tomando café y por supuesto fumando Derby. De las Martínez que vivían en la casa era la única que vivía en el planeta Tierra, no vivía en su mundo, sino que estaba informada de todo por las noticias o por los chismes de la gente. Siempre tenía temas interesantes en la boca, como ávida lectora del misticismo de Lobsang Rampa. Fue fiel defensora de sus orígenes anglosajones, lo que la llevó a acaloradas discusiones con otros miembros de la familia seguidores del Che Guevara y los suyos. Su voz era ronca con matices agudos por un enfisema pulmonar que terminó matándola mientras pedía un último cigarrillo a los doctores.
Esa mesita del comedor era el punto medular de la casa; ahí se reunía la gente durante horas a hablar y tomar café por muchos años. Incluso después de la muerte de Mamie siguieron reuniéndose ahí; la ausencia de ella era notable en la mesa y en las conversaciones. De repente en varias ocasiones, sin explicación alguna, empezaba a salir humo de cigarrillo a través de las tablas del piso… estoy seguro de que era humo de Derby.
Mi papá me encomendó, mientras tomaba asiento en la mesita de la cocina, que filmara con detalle la casa, lo cual acaté gustoso, ya que era una de las pocas oportunidades que había tenido de recorrer la casa libre, pues normalmente cerraban algunos cuartos porque los chiquillos éramos muy traviesos y ya habíamos hecho más de una travesura.
Decidí empezar la filmación desde la parte de atrás de la casa hacia el frente, así que tuve que pasar por la salita donde estaba el televisor y el tío Homer dormido en su asiento. Homer era amante de la televisión, pero sus amores verdaderos eran el futbol y la ópera, de la que era un amplio conocedor; fue jugador de la Liga en su juventud y no se perdía partido del equipo de sus amores. Nunca lo conocí bien porque ya estaba muy viejito cuando yo ya tenía edad para poder conversar con él, pero según mi padre, había sido un hombre correcto y un tío ejemplar.
El patio trasero fue el escenario en donde inicié la filmación, que se conectaba con el jardín del lado derecho de la casa. Este patio era una especie de pequeña plazoleta descuidada, silencioso y siempre frio; más me interesaba el jardín, que siempre me resultó misterioso con sus piedras llenas de musgo, sus rosales blancos, sus añejas veraneras y sus oxidados portoncitos. El patio daba la sensación de no estar solo y se sentía que alguien estaba detrás de uno en todo momento, tal vez fantasmas del pasado; de hecho se rumoreaba entre los primitos que en el patio había hadas.
Sin duda, ese jardín había sido el orgullo de alguien hacía mucho tiempo, estaba bien distribuido y la selección de flores y los pasitos de piedra que lo atravesaban, ya tapados por el pasto, me hacen imaginar que fue pensado para poner ahí bancas y sentarse a disfrutar de las frescas tardes de Alajuela.
Una vez filmado el jardín, subí hacia la casa y me topé las gradas que llevaban al ático. Sin bien es cierto que la antigua casa era oscura y lúgubre, el ático era totalmente de terror. En realidad se había adaptado como un dormitorio más que hacía muchos años estaba en desuso; las gradas que conducían a él eran de madera y hacían un fuerte chillido al pisar los escalones, no tanto por mi peso, sino por el peso de los años en ellas.
A falta de un inquilino, se habían alojado cómodamente ahí una familia de murciélagos, que para mi dicha no estaban en el momento en que subí. En efecto, había una cama tendida, maletas de viaje empolvadas, libros de páginas amarillas y muchas fotos de alguien que supuse había sido un querido familiar y me esmeré en enfocarlas bien para que salieran bonitas en el video; tiempo después descubrí que el desgreñado personaje de las fotos era el “Che” Guevara, ídolo de un primo que vivió unos años en el ático y que al partir, dejó al propio sus fotos, como prueba del triunfo de la revolución.
Al bajar llegué de nuevo a la sala del televisor en donde seguía dormido Homer y entré al baño de esa salita: llamaba la atención la tina blanca de porcelana con sus patas decoradas y la grifería opaca. Caminé al cuarto de Homer, el cual era el más pequeño de la casa y solo tenía cosas muy básicas: la cama, la mesa de noche, una lámpara, un sencillo clóset y una bacenilla.
Hice una buena toma del pasillo principal de la casa, que la atravesaba de lado a lado; las únicas luces que tenía en ese momento eran la de la calle por un lado y la del patio trasero por el otro, así que aún a esa hora del mediodía se mantenía oscuro. Las habitaciones de Alma y Elba daban a ese pasillo. Filmé el maravilloso cuarto de Alma y a sus misteriosos habitantes; luego ya en la habitación de Elba se respiraba la sobriedad, sencillez y recato que caracterizó a la querida viejita; sus muebles estaban cubiertos por mantelitos tejidos por ella, había retratos en blanco y negro de sus padres y hermanos, así como fotos de ella joven y hermosa.

Ya en el comedor principal de la casa, un espacio que nunca lo vi utilizarse, fue cuando sentí que la magia de la imaginación empezaba a surgir. La mesa del comedor era enorme, diseñada para que toda la familia se pudiera sentar a comer al mismo tiempo; supuse que cada uno tendría su espacio designado y los imaginé compartiendo en la mesa, hablando, riendo y comiendo; tal y como lo hicieron durante el tiempo en que duró la familia completa. Vi en mi mente a los más pequeños rehusándose a comer y jugueteando entre ellos, a los más grandes hablando con “Papachín” sobre las trivialidades de sus vidas y a las muchachas ayudando a servir la mesa; las vi jóvenes, alegres e increíblemente vivas. Fue ahí cuando me sentí como un fantasma, al que no podían ver ni escuchar, como un espectador silencioso. Me trajo de vuelta a la realidad un fuerte acceso de tos de Mamie, que sumida en alguna charla con mi padre, se encontraba al otro lado de la pared.
Sentí una extraña nostalgia al ver la mesa, reluciente y brillante, al ver sus asientos vacíos y la hermosa platería guardada en un mueble. Sí, sentí que la mesa estaba dispuesta para recibir a nadie, tal y como lo había estado desde que yo tenía memoria.
Junto al comedor, separada por una media división interna de madera finamente trabajada, estaba la sala principal. Los sillones eran de cuero brillante y se podían sentir y escuchar los resortes cuando uno se sentaba; pese a ser tan viejos mantenían su belleza original. En una privilegiada esquina cerca de la ventana estaba el piano negro. Era una lástima que las manos que lo tocaban ya no lo podían hacer, así que estaba condenado al silencio; sus teclas habían adquirido un tono amarillento y su sonido agónico y desafinado daba fe de una época en la que la casa se llenaba de música y alegría. No pude evitar imaginarme al tío Johnny, con sus gafas redondas, haciendo a un lado su abrigo, su equipaje y sentándose al piano como sintiéndose bienvenido en casa después de sus largos viajes a Norteamérica. Los sillones estaban colocados al lado del hermoso piano para poder sentarse y escuchar la música, así que estoy seguro de que “papá y mamá” se sentaron muchas veces a escuchar las finas notas del piano y a hablar. Imaginé a Alma, enamorada y herida tocando el piano con lágrimas, o bien, una fiesta navideña con ponche, pavo, risas y bailes.
Pero yo estaba solo en la muda sala y ya la cámara necesitaba que le pusiera la batería de repuesto.
Llamaba mi atención el mueble de puerta de vidrio que estaba en otra esquina de la sala y en el que había cosas muy interesantes: recuerdo muchos banderines de equipos de futbol, principalmente del Real Madrid de los años 30 y 40, por supuesto pertenecían a Homer. Había una cabeza reducida por aborígenes ecuatorianos, era del tamaño de una naranja y de apariencia repugnante. También recuerdo que había algunos pájaros disecados de plumas opacas en posiciones incómodamente reales, que les daba una irónica sensación de vida. Teteras de plata y suvenires de varias partes del mundo terminaban de llenar el mueble.
La habitación de Mamie estaba cerrada y no creí prudente abrirla o pedir permiso para entrar, así que no la filmé, aunque recuerdo que era la mas iluminada de todas.
A un lado del porche de la casa estaba un cuarto pequeño en el que las viejitas pasaban mucho tiempo. Dispuesto en una esquina estaba el equipo de radioaficionado de Mamie, que con sus bulbos arcaicos y su gran micrófono, había servido durante años para comunicarse con el tío Warren, quien se había ido a trabajar a Sudamérica; también estaba todo el equipo de tejido de Elba, sus ovillos de hilo de lana multicolores, revistas de tejidos y múltiples tejidos a medio terminar.
Por curiosidad abrí un armario y entre sus gavetas encontré una de ellas llena de fotografías viejas, eran cientos de ellas, en blanco y negro o en sepia, de personas que nunca había visto, abrazados y sonrientes, vestidos de traje, con sombreros de copa, montados en carros viejísimos o en caballo. Había fotos de bebecitos que ahora serían abuelos, fotos de muchachas parecidas a las que salían en las películas mudas de Chaplin o chiquillos sonrientes abrazando perros, vistiendo pantalones, camisa de manga larga y tirantes.
Duré mucho tiempo observando con detalle las fotografías; observé que las personas se preparaban para la fotografía con anticipación, era casi como un evento especial, buscaban sus mejores atuendos y trataban de ponerse solemnes para ser retratados; aunque pude ver algunas otras, en los que las personas fueron fotografiadas desprevenidas, y me encantó la naturalidad que captó el fotógrafo, pues me permitió dar un vistazo a personas en su diario vivir que jamás se imaginarían que yo las iba a terminar viendo, sin tener idea de quiénes eran ellos.
Pensé que era asombroso que la mayoría de esas personas que vi en las fotos probablemente ya no estaban en este mundo. Eran muchísimas personas retratadas y sentí el peso del tiempo conforme las observé. Yo era un niño de unos diez años y por primera vez en mi vida encontraba un tesoro del pasado que no sabía entender, sentí curiosidad pero no podía formular una pregunta clara porque no sabía qué preguntar; eran muchas interrogantes de las vidas de esas personas, cada una de ellas era una historia y no había nadie que me la contara. Encontré entre las fotografías algunas cartas que describían situaciones de la vida diaria de los Martínez, chispazos de cotidianeidad que, de no haber sido por esas cartas, jamás los hubiera podido conocer, detalles de una madre a un hijo que estaba lejos e historias de hijos a sus padres. Sentí que todo cuanto estaba viendo estaba puesto ahí desde hacía mucho tiempo para que yo lo viera, como si hubiese sido dispuesto que yo encontrara en la casa, en sus habitantes, en su estructura y en su historia, las respuestas a las preguntas que no podía hacer a nadie.
Camino a casa casi no hablé, sabía que se me enseñó algo que en ese momento no comprendía y no pude más que sentir una extraña nostalgia por aquellos que nunca conocí, pero que gracias a ellos yo estaba ahí.
El tiempo se encargó de enseñarme a descifrar mis pensamientos y una tarde de Abril, varios años después, entendí lo que la casa me quiso enseñar cuando era un niño. Parado en frente a las ruinas de la casa de las Martínez, ya cuando la maquinaria había destruido la casa y el jardín no existía, ya cuando la casa resultó ser muy grande para las dos últimas viejitas, y decidieron venderla, ya cuando a manera de cruel lápida construirían una discoteca ahí, después del saqueo de indigentes y destrucción de la casa comprendí claramente la lección que con lágrimas en los ojos escribo esta noche.
Cuando se detiene el corazón y los ojos se cierran, cuando exhalamos el último respiro y cuando nos alejamos de lo amado esto no es más que un capricho más de la vida, una etapa más que tenemos que experimentar; la verdadera muerte, esa que me aterra es la que viene con el olvido.

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